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lunes, 6 de mayo de 2013

ORACIÓN A SANTO DOMINGO SAVIO.

Domingo Savio, tú entregaste tu corta vida totalmente por el amor a Jesús y su Madre. Ayuda hoy a la juventud para que se dé cuenta de la importancia de Dios en su vida. Tú que llegaste a ser santo a través de la participación fervorosa de los sacramentos, ilumina a padres y niños en la importancia de la frecuencia en la Penitencia y en la eucaristia. Necesitamos tu intercesión para porteger a los niños de hoy de los engaños de este mundo. Vigila sobre ellos y condúceles por el camino de la santidad. Pidele a Dios que nos dé la gracia para santificar nuestras obligaciones diarias, llevándolas a cabo de manera perfecta por amor a Él. Y recuérdanos la necesidad de practicar la virtud sobre todo en los tiempos de prueba y tribulación. Santo Domingo Savio, tú que supiste preservar el corazón en la inocencia bautismal, ruega por nosotros.
 

MAYO, MES DE MARÍA.

BENDITA TU ENTRE LAS MUJERES.

María es proclamada "Bendita entre todas las mujeres". Así lo fueron, en el Antiguo Testamento, Yael, la mujer de Jéber el quenita (Jue 5,24) y Judith (Jdt 13,18), por haber sido instrumentos de Dios para derrotar a poderosos enemigos. Isabel desea a María la bendición. Por medio de ella, Dios le comunica la vida, los medios para sustentarla, como la comida y la bebida, y la capacidad de propagarla, como la fecundidad. María es bendita porque sobre ella ha descendido la misma fuerza de Dios, que hace posible que de ella nazca el Mesías. Dios ha bendecido el seno de María, haciéndolo prodigiosamente fecundo. María a sido bendecida "con toda clase de bendiciones espirituales". Ha participado de esa bendición, que ha sido prometida a todos los hombres de forma muy especial: ha sido elegida como madre del Hijo de Dios, "Madre del Señor" (Lc 1,43).

REINA DE LOS SANTOS.

Los Santos, ayudados por María e imitadores de sus virtudes, nunca han superado al modelo, pues la santidad está en proporción directa con el amor de Dios y ninguna criatura supera a María, ya que Ella es la "Llena de gracia". La misión para la que Dios la había escogido exigía que Ella sobresaliese entre todos por la santidad, que es el valor más cotizado por Dios, pues, su amor le hizo acercarse a nosotros hasta el punto de ser "en todo semejante a nosotros menos en el pecado", para que nosotros podamos participar de la naturaleza divina y ser santos. A María la podemos contemplar en cada una de las virtudes: caridad, esperanza, fe, pureza, humildad, etc. y veremos que ninguna criatura la ha superado en el ejercicio de la misma, por eso con toda razón podemos llamarla "Reina de Todos los Santos".

MUJER HUMILDE.

Humildad es el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento. Es un movimiento de "descenso" cuyo punto de partida es el falso lugar que nos señala el amor propio y cuyo término es la verdad. Por eso decía Santa Teresa de Jesús que "la humildad es la verdad". Así, cuanto más te llenas de amor propio, tanto más te vacías de verdaderos méritos. En la Anunciación, María, nos da el ejemplo de humildad auténtica. Ante la sublime revelación del ángel que proclama Madre de Dios, ella protesta ser solamente la humilde esclava (servidora) del Señor. La verdadera humildad se manifiesta en la obediencia. ¡Oh Madre María, mujer humilde de Nazareth, alcánzanos la gracia de saber combatir nuestro amor propio para ser verdaderamente humildes!.






TIEMPO DE PASCUA

miércoles, 10 de abril de 2013

AÑO DE LA FE: CRISTO PADECIÓ POR NOSOTROS.


Carta Pastoral
con motivo de la Semana Santa y Pascua 2013

 
Queridos amigos y familias.
Queridos hermanos todos en el Señor.

Gracias al Señor y a su sacrificio en la Cruz, tenemos abierto el camino para gozar de nuevo de la amistad de Dios y de su gracia. Así lo definió el Concilio de Trento, dice:

"Nuestro Señor Jesucristo quiso ofrecerse a sí mismo a Dios Padre, como sacrificio presentado sobre el ara de la cruz en su muerte, para conseguir, para los hombres, el eterno restace" (Dz. 938).

La Iglesia recuerda con frecuencia el misterio Salvador de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo. En la Divina Liturgia, en uno de los prefacios de la Santa Misa, se dice:

"Realmente es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor,
pero más que nunca en este día
en que Cristo, nuestra Pascua,
ha sido inmolado.
Porque él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo:
muriendo, destruyó nuestra muerte,
y resucitando, restauró la vida..."

Por eso no están de más las reflexiones a las que nos invita la Iglesia, y que los pastores locales hacemos nuestras, y que os traducimos al Pueblo de Dios en catequesis, cartas pastorales, reflexiones, meditaciones, ejercicios de piedad, etc. Con ello se pretende incentivar en los corazones de los creyentes el deseo de una mayor entrega y de un testimonio más fecundo y valeroso. El recuerdo frecuente de que Cristo ha muerto clavado en la cruz para salvarnos, ha hecho siempre que una gran cantidad de cristianos trabajen y se esfuercen más por la perfección de su fe, es decir, por su santidad personal. Una gran santa española, doctora de la Iglesia universal, santa Teresa de Jesús (o de Ávila), decía que nada le daba tanta devoción como ponerse delante de un crucifijo a hacer oración. Grandes lágrimas vertía al suelo cuando postrada ante él, consideraba lo indigna que era de que el Señor hubiese pasado tanto por ella, y la contemplación de aquellas llagas y aquellos tormentos le producía un gran dolor, hasta el punto de que le pedía le fortaleciese internamente para no ofender nunca más.
 
Dentro del gran patrimonio oracional de la Iglesia, existen algunas oraciones que nos ayudan especialmente a pensar en la Pasión del Señor, y a pedir que los sufrimientos de Cristo produzcan en nuestras almas frutos de verdadera conversión.            

Alguna de ellas es ésta que hacemos siempre después de haber recibido el santísimo Cuerpo del Señor en la Sagrada Comunión, decimos:

"Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh, Buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno Enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos de alabe
por los siglos de los siglos. Amén".

El Año de la Fe nos tiene que servir para vivir de una manera especialmente intensa, los acontecimientos que rememoramos cada nuevo año litúrgico durante la Semana Santa y la cincuentena de la feliz Pascua de Resurrección. Son días para la reflexión y para las lágrimas, pero días también para la conversión y la alegría, porque el Mal no tiene la última palabra sobre nosotros.

La Semana Santa nos abre de par en par las puertas de los planes que Dios Padre tuvo para salvarnos. Es un desvelamiento. Nos sabrá colocar el Señor ante el misterio del dolor y la cruz, de la sangre y las llagas, del Calvario y del sepulcro vacío. Durante esta Semana Santa podremos vislumbrar una luz más allá del túnel de nuestros intereses, y percibir con total nitidez que ésa clase de luz es la Luz de Cristo Resucitado, Dios con nosotros; que nos trasciende e invade, y que por ello también nos acoge y nos redime. La Luz de Pascua ha de alumbrar todo cuanto somos, decimos y vivimos. Es la Luz de Dios, la Luz tantas veces soñada a lo largo de lo siglos.

Acudamos con presteza a las puertas de la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, la Iglesia; y con ramos de olivos y palmas aclamemos a nuestro Salvador que viene humilde y manso a lomos de un pequeño pollino. Sintámonos convidados a la Mesa de la Santa Cena sacramental, como pecadores a los que Dios les ha hecho una gran misericordia. Oremos con Cristo en Getsemaní, sintiendo dolor y amargura ante tanta maldad humana. Dejémonos arrastrar hasta el suplicio por defender nuestra Fe, nuestra Verdad, nuestra obediencia a Dios..., como hicieron con Jesús en las horas de la Pasión y la Muerte. Y, aprendamos a escuchar a Dios en la soledad y el desamparo. Oigamos cómo ésa voz que no está lejos de nosotros, sino muy cerca; que no es una voz apagada por el miedo a la maldad de los hombres, sino que espera el día sin ocaso y sin retorno de la feliz Resurrección.

Amados hijos en el Señor, que estos días os ayuden mucho para alcanzar la meta que Dios se ha propuesto con cada uno. ¡Feliz Pascua de Resurrección para todos! Recibid mis oraciones y bendición sacerdotal.


+ Felipe Aguilera Vallejo
Párroco de El Turro
 

domingo, 31 de marzo de 2013

EL PERDON.

"Padre perdonalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34)
 
Es difícil perdonar. El dolor, el orgullo, la propia dignidad, cuando es violentada, grita pidiendo "justicia", buscando la "reparación" exigiendo "venganza"... pero, ¿perdón?.
 
Me sorprendes, Dios bueno, en esa cruz... porque eres capaz de continuar viendo humanidad en aquellos que te han juzgado. Porque eres capaz de continuar creyendo que existe esperanza para quien clava en la cruz a un semejante. Porque, esta palabra de perdón, dicha desde un tronco de madera, es sobretodo una declaración eterna: el hombre, todo hombre y toda mujer, todo ser humano, incluso aquel que es capaz de las acciones más viles, continúa teniendo una semilla de humanidad que permite que haya una esperanza para él. "Padre perdónalos, no saben lo que hacen".
 
Y tener el coraje de verlo es hermoso.
 
 

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